“Lo que amo de Dublín”: Capítulo cuatro

Este capítulo pertenece a los cinco capítulos que nos ha regalado Amanda Laneley de su libro: “Lo que amo de Dublín”.

Si quieres leer el capítulo tres, puedes hacerlo en el siguiente enlace:

“Lo que amo de Dublín”: Capítulo tres

Capítulo cuatro

” –Entonces –Daniel hizo girar los restos de su cerveza antes de mirar a Sara directamente– ¿vas a decirme al fin de lo que querías hablar?

Había accedido a encontrarse con ella en el bar un poco antes de que llegaran los demás. La había visto entrar, atisbando en todas direcciones para encontrarlo. No le pasaron desapercibidas las miradas admirativas de algunos hombres alrededor y la sonrisa petulante con que uno de ellos la abordó… Jodidos buitres, nunca faltaban. Por suerte justo en ese momento ella lo vio, se alejó del tipo y se encaminó hacia él, con una sonrisa luminosa que le provocó un vuelco extraño al corazón.

Ordenaron dos cervezas y se sentaron a conversar en una de las mesas cercanas al escenario. Sara se había paseado por diversos temas y no parecía muy decidida a ir al grano, por eso él había soltado la pregunta. Y ahora ella lo miraba con sus ojos oscuros, grandes y apenados.

–Lo siento, Daniel –la disculpa lo tomó desprevenido y ella continuó–. Debí haberte dicho desde el principio que deseaba arrendar el cuarto. Iba a hacerlo, pero después empezamos a conversar y luego…  –se calló, dejando la frase en suspenso y sacudió la cabeza– olvídalo, no me vas a creer.

–¿Luego qué?

–Pues… no sé… casi me olvidé de la habitación –sintió la honestidad de su respuesta–. Estaba demasiado interesada en nuestra conversación, en lo que me ibas contando de París, de tu vida, del momento en que decidiste irte de viaje… Fue…no sé… especial.

El estómago de Daniel se contrajo.

–¿Especial? –preguntó tratando de no parecer muy interesado.

–Sí, especial… como si en vez de estar hablando con un desconocido, estuviera hablando con un amigo de toda la vida.

–Ya veo –la emoción que había surgido en su interior se apagó de golpe–. Un amigo.

–Sí –siguió ella al parecer sin notar su desilusión– por eso mismo es que es tan importante para mí que tú y yo nos llevemos bien. Por favor discúlpame si no fui honesta desde el comienzo y si te hice sentir incómodo. Lo siento mucho.

¿Podía permanecer enojado frente a su mirada arrepentida y dulce? Tal vez otros podrían no ablandarse, pero él no tenía un corazón tan frío como el que aparentaba.

–Está bien, no te preocupes más –le respondió–. Supongo que lo hiciste porque pensaste era la única forma de convencerme. Y tal vez así era. Lo único que quería era evitar más problemas, trayendo más chicas a la casa, pero bueno, ya está hecho, así que no le demos más vueltas.

El rostro de Sara adquirió una expresión de curiosidad.

 

–¿Sabes? Por tu manera de hablar, pareciera que desearas a las chicas lejos y no solo en la casa. ¿Algo de mala suerte en el amor, tal vez?

¿Algo de mala suerte? ¡Já, si ella supiera! Más bien mucha. Había sido engañado y manipulado no una, sino varias veces. La última mujer con la que estuvo fue la peor de todas. Pero ni muerto le iba a revelar lo tonto que había sido, por lo que desvió la vista a su cerveza.

–Tal vez –dijo simplemente antes de dar un trago–. En realidad mi razón para estar solo es el viaje que tengo planeado a Australia. Si no puedes estar en la misma ciudad que tu novia, es mejor estar solo.

Sara ladeó la cabeza en señal de desacuerdo.

–Pero igual se pueden tener las dos cosas, ¿no? No veo incompatible el hecho de estar con alguien y también poder viajar. Por algo existen las relaciones a distancia.

–Eso jamás funciona –respondió categóricamente–. Además no hay nada más egoísta que pedirle a la pareja que espere mientras el otro se va a recorrer el mundo. ¿No crees que es muy injusto para el que se queda?

–Pero si dos personas se quieren, a veces tener una relación a distancia, podría ser la única forma de estar juntos –insistió ruborizándose –. Así mientras están separados, cada uno puede cumplir sus objetivos de vida.

Él frunció el ceño.

–No es posible ser tan egoísta… Piensa en ti, por ejemplo. Tú jamás habrías podido viajar a Dublín si hubieras tenido novio, porque no tienes, ¿verdad?

Sara bajó la mirada y de pronto, pareció muy avergonzada.

–No, no tengo –susurró poniéndose aún más roja.

Daniel recordó que Fran había revelado que el ex novio de Sara la había engañado y se arrepintió de haber traído el asunto a colación. Si se ponía tan incómoda, estaba claro que aún le afectaba el tema. Mejor no volverlo a mencionar.

Fran, Colin y Armando llegaron en ese momento y su llegada acabó con la incomodidad. Fran le dio un abrazo afectuoso a Sara antes de sentarse a la mesa junto a todos los demás.

–No sabía que habían llegado antes –Fran se volvió hacia Sara–. ¿Y? ¿Resolviste finalmente lo de Anto…

–Fran –respondió ella a toda prisa como si quisiera callarla– justo Daniel me estaba contando que no tenía novia por lo largo que va ser su viaje a Australia… Me acababa de decir que piensa que solo las personas egoístas tienen relaciones a distancia.

–Ah –dijo Fran y cerró la boca.

–Para Daniel las cosas son siempre blanco o negro –comentó Armando–. Eso es porque nunca se ha enamorado.

Colin abrió los ojos con sorpresa.

–¿En serio, Daniel? ¿Nunca? Tienes casi treinta.

Daniel se encogió de hombros.

–¿Qué puedo decir? Jamás he conocido a ninguna mujer con quien me sienta realmente conectado –“al menos no hasta esta semana”, agregó en su interior–. Además, lo más importante para mí ha sido siempre viajar y, como ya dije, no he querido complicar las cosas. No quiero empezar algo para luego irme y hacer sufrir a alguien. No es mi estilo.

Armando dio un sorbo a su cerveza.

–En cualquier caso, el amor está sobrevalorado –dijo–. Puros dramas y sufrimiento. Es mucho mejor mantener abiertas las opciones.

–¡Y vaya si las tuyas están abiertas! –lo molestó Daniel.

–Mucho mejor eso que estar consagrado al celibato como tú –replicó él–. O hacer sufrir a una novia a la que no se le da ni la hora, como Colin.

–¡Hey! –exclamó el músico–. ¿Cómo salí yo al baile?

Fran asintió.

–Armando tiene razón. Nunca tienes tiempo para Shannon. Apenas la ves.

–Ella me entiende –dijo Colin con toda calma–. Sabe que estoy concentrado en la música y nosotros estamos bien así como estamos. Yo no la hago sufrir, Armando, el puesto de rompecorazones de la casa no está ocupado por mí precisamente.

–Yo tampoco hago sufrir a ninguna mujer; son ellas las que sufren solas –se defendió–. No hago falsas ilusiones ni me comprometo a nada si no estoy enamorado.

Fran soltó una carcajada irónica.

–Armando, tú cambias de mujer como cambias de camisa. ¿Qué puede saber del amor un tipo como tú?

–Más de lo que te imaginas –contestó él enigmáticamente–. Cuando uno ama, lo sabe.

Sara miró a Armando, luciendo muy interesada en la conversación.

–¿Pero cómo uno se da cuenta de lo que siente verdaderamente es amor?

Armando sonrió.

–Si alguien se plantea esa pregunta, entonces realmente no está enamorado –dijo con total convicción–. El amor, Sara, es como un orgasmo. Cuando lo sientes, lo reconoces, lo sabes. Es así de simple.

Daniel rompió a reír.

–¡Vaya comparación! No sabía que además de ser analista financiero, eras un experto en el tema del amor.

–Más que tú, de todos modos –contestó sonriendo Armando.

Colin se levantó de la mesa.

–Detesto perderme este round, pero tengo que ir a preparar los equipos para la presentación. Hasta más tarde.

El resto del grupo se quedó conversando hasta que las luces se atenuaron y Colin y su banda aparecieron en el escenario. Él comenzó a cantar  “With or without you” de U2 con fuerza y sentimiento. No se parecía en nada al hombre pausado y tranquilo de siempre.

–Es realmente muy bueno –comentó Sara visiblemente impresionada.

Daniel asintió.

–Y eso que aún no has escuchado las canciones que compone con su banda. Son excelentes.

Sara esperó que Colin terminara el show para felicitarlo y despedirse de él antes de volver a casa. El resto de sus compañeros insistió para que ella se quedara un rato más, pero Sara se negó aduciendo que estaba muerta de cansancio.

Daniel entonces se levantó y tomó su chaqueta.

–Te acompaño –ofreció.

–No tienes que hacerlo. No tengo problema en volver sola a casa.

–De cualquier forma, yo también estoy cansado. Vamos, te acompaño.

Se despidieron del grupo y salieron al exterior. La luna llena se suspendía  majestuosa en el cielo y hacía resplandecer la nieve alrededor como si tuviera delicados destellos de plata. El aire frío coloreó las mejillas de Sara y a Daniel le pareció más bella que nunca.

–Hace una noche hermosa –ella aspiró profundamente, deleitándose en la fragancia que había dejado la lluvia–. ¿Sabías que esta es una de las pocas veces desde que llegue a Dublín que salgo y no está lloviendo?

–Es posible, acá tenemos lluvia muy seguido.

–Sí, ya me he dado cuenta. Entre la universidad y la lluvia, casi no he salido a conocer la ciudad.

–¿En serio? Si no tienes mucho frío, podemos caminar hasta la casa. No está tan lejos de aquí y así puedes conocer más el barrio.

–Suena bien. No es peligroso caminar a esta hora, ¿verdad?

Él sacudió la cabeza.

–No, en esta zona no. Además, si llegara a pasar cualquier cosa, yo te protegería; estoy acostumbrado a derribar hombres.

Ella agrandó los ojos.

–No habría pensado que eras del tipo violento –dijo preocupada, provocando que Daniel estallara en carcajadas–. ¿Qué? ¿Qué dije?

–Cuando dije lo de derribar hombres, me refería al rugby; juego desde hace varios años.

–¡Ah, eso lo explica todo! –soltó ella sin pensar, mirando su torso.

–¿Explica qué?

–Pues ya sabes, el cuerpazo que tienes –Daniel arqueó una ceja y Sara se apresuró a explicarse roja como un tomate–. No, a ver no quise decir eso… es que es evidente que tienes brazos musculosos… No es que yo estuviera mirándote los brazos ni mucho menos; es que cuando estábamos en el bar, te arremangaste la camisa y entonces era evidente y yo pensé… ¿Qué?

Sara se detuvo frente a Daniel que contenía la risa a duras penas.

–Te estás riendo de mí –lo acusó.

–Es difícil no hacerlo –dijo divertido–. ¿Acostumbras a decir lo primero que pasa por tu cabeza?

–Casi siempre, por desgracia –suspiró–. La gente dice que es uno de mis rasgos más molestos.

–A mí me parece encantador –dijo él, sonriéndole suavemente.

Sara no respondió nada y solo le devolvió la sonrisa mientras el rubor ascendía por sus mejillas.

Daniel siguió caminando a su lado lleno de una extraña felicidad. Por los comentarios y reacciones de Sara, al parecer él no le era indiferente. Estaba casi seguro de no era el único que se había sentido atraído cuando se conocieron después de todo. Era eso o realmente no sabía nada de mujeres.

No rompería ninguna regla si averiguaba qué sentía Sara por él, ¿cierto?  Únicamente para salir de la duda; no tenía por qué ir más allá de una simple satisfacción de curiosidad que no haría daño a nadie ni rompería ninguna regla… La miró de reojo sonriendo decidido a pasar el mayor tiempo posible a su lado hasta descubrir cuáles eran los sentimientos de Sara por él.”

Capítulo publicado por cortesía de su autora: Amanda Laneley

Aquí podrás leer el capítulo cinco:

https://mujeresdestesiglo.com/lo-amo-dublin-capitulo-cinco/

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“La lectura es a la mente lo que el ejercicio al cuerpo”. Joseph Addison.

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“La escritura es la pintura de la voz”. Voltaire.

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“Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Santa Teresa de Jesús.