Colores Prohibidos: Capítulo Uno

El espesor de la Espirituosa humedece los labios carnosos, envuelve con vigor la lengua; la mandíbula cruje, las fosas nasales se abren. La bebida desciende por la garganta y produce un estallido que impacta en el esófago; el componente canela confluye y el líquido se acomoda en el estómago para diversificarse a través del organismo. Las tripas crujen, pero ceden después, y las venas, a punto de combustionar por la intensidad del líquido en la sangre, se relajan. ¡Comienza, señoras y señores, el festival de magia alcohólica!

Los primeros sorbos de Espirituosa pueden resultar desagradables: sabor marrón que se apodera de todos los sentidos, espeso y dulce, cálido…, ardiente. El organismo goza liberado de su estado natural cuando el proceso de absorción del líquido concluye. Los ojos negros e inmensos de Mara se abren al máximo, en señal de protesta, por continuar ingiriendo vasos de Espirituosa. Debe de tratarse de su tercera copa. No suele contarlas, menos aún en el Día Nacional de la Legalización de la Muralla, en el que no se contabiliza absolutamente nada (bebida, tíos, palabras…). Sentada en frente de Karmela, derrama sin querer la copa que ha rellenado.

—¡Otra vez! —maldice limpiándose la barbilla. Odia que se le caiga la bebida—. ¡Qué peste! —se queja, poniendo una mueca de asco.

—No sé de qué te extrañas. Siempre lo tiras todo —le recuerda Karmela.

—¡Te he manchado! —exclama Mara mirando la falda de su compañera Marta, sentada a su lado—. Lo siento mucho.

—No te preocupes —contesta aquella, armándose de paciencia. Sabe que no lo hace queriendo, pero podría controlarse.

Mara vierte más Espirituosa en una nueva copa y Marta rasga, algo enfadada, la tela de su falda con máxima concentración; debe eliminar la mancha cuanto antes. Sira, sentada entre Marta y Karmela, continúa pensando en Guti. Necesita aniquilar los nervios que todavía siente al verlo, por eso prepara un nuevo vaso de alcohol explosivo; le ayudará a convencerse de que él siente lo mismo por ella.

—¿Vendrán esta noche? —pregunta Mara, sin desviar la atención de la copa, atenta a no derramarla de nuevo.

—¿Quiénes? —Karmela se da por aludida.

—Como si no lo supieras…

—¿Te refieres a Frank y a los demás? —pregunta, haciéndose la despistada—. A él más le vale, los demás no tengo ni idea. No te preocupes, desgraciadamente no vivimos en un sitio tan grande como para no vernos en toda la noche… —alarga el tono de voz irradiando impaciencia.

«Bendita costumbre de utilizar ese tono irónico cuando el chaval va a lo suyo», piensa Mara. Frank es su novio, la excusa perfecta que ella necesita para reconocer que tiene ganas de ver a Manuel.

—Podrías ir a buscarlos… —se atreve a decir.

Karmela se queda callada durante unos instantes, dando un sorbo al vaso que sujeta con su mano derecha, a punto de pronunciar las palabras que ya huelen a rabia:

—¡Ni siquiera ha venido a saludarme en la cena y mira que estaba cerca! No pienso moverme de aquí, que venga él si le apetece. ¿Crees que soy tonta?

Sira la agarra del brazo izquierdo y arruga sus labios para intentar darle pena:

—Vamos, ve… Podrías ir, tengo ganas de verlo —admite con cierto tono de borracha. Los nervios comienzan a disiparse y ya puede hablar abiertamente de Guti.

—¡Qué pesadas os ponéis! ¡Luego ni siquiera te acercas a él! Tiene que andar toda la noche detrás de ti. A ver si te enteras de una maldita vez de que le gustas de verdad —confiesa enfadada—, aunque haces bien no confiándote —dice suavizando el tono y dirigiéndole la mirada.

—Eso no es verdad, yo también voy a hablar con él —replica Sira dándole un sorbo largo a la copa. No quiere sentir una pizca de nervios cuando lo vea, quiere mostrarse tal y como es ella: atrevida y descarada, al igual que sus agrupadas.

«Es insoportable», interpreta Mara observando el debate que Karmela y Sira mantienen sobre quién de los dos se acerca antes. «Pobre chaval, menuda paciencia debe tener con ella», continúa diciéndose, imaginándose las broncas que deben caerle a Frank por tonterías que la otra tiene en la cabeza. Si es preciso ella misma irá a buscarlos, sin admitir, por supuesto, que lo hace por ver a Manuel, que después tiene que aguantar esas chorradas de que son novios… Le duelen las rodillas de haber permanecido demasiado tiempo sentada en la misma posición; sus nalgas han adquirido la forma cuadriculada de la baldosa de la acera. Las venas palpitan ya; el interior de su cabeza comienza a virar. ¡Ah! Le complace tanto sentirlo…

—Vengo en un rato, voy a ver si los veo —les comunica, contemplando maravillada el entorno, de pie ante él.

Intentando mantenerse erguida, cierra los ojos, extiende los brazos, se ladea hacia un lado y gira la cabeza en uno y otro sentido: es el vuelo interno en su mente, produce una sensación de libertad enfermizamente maravillosa, desata risas escandalosas y conversaciones sin sentido… Le gusta sentirse así.

Las agrupadas continúan bebiendo y hablando tras ella.

(«Manuel. Dónde estará… Debería haber llegado ya».) A estas alturas de la noche, en el Día Nacional de la Legalización de la Muralla, sigue sin aparecer. Tampoco es que quiera estar toda la noche con él, le gusta desperdigarse por ahí, en especial en las fiestas de la Ciudad de Ensueño, cuando hacen cosas diferentes a las jornadas festivas corrientes, por ejemplo, trasladarse a la zona este y disfrutar del ambiente propio de allí. O, más bien, de los chicos de allí, piensa Mara sonriendo. Los del oeste son aburridos, están demasiado vistos, nunca cuentan nada interesante.

—¿Te acompaño? —le pregunta Marta desde el suelo. No piensa permitir que una mancha en su falda le arruine la fiesta, pero no aguanta ver esa suciedad en su ropa.

—No te preocupes, guapa, así me doy una vuelta.

«Se desespera por una estúpida mancha en la ropa», piensa. Debería relajarse, hacer como ella, dejarse llevar, disfrutar, sumergirse en la noche. «Algún día dejará de sentarse a tu lado», le advierte la voz.

La Espirituosa agrava su torpeza, como si los vasos no se dejaran coger y se volvieran resbaladizos… Ese monstruoso líquido provoca la desincronización de su cuerpo y la incita a ensuciar a una de las personas que más quiere en el mundo, en este caso, Marta. Manuel sigue sin aparecer. Intenta ponerse seria, pensar en algo feo, para evitar la risa que le provoca visualizar lo nerviosa que se pone Marta ante algo imprevisible.

«La noche se complicará», intuye riéndose aún para sus adentros. Hacía muchas jornadas que esperaba el Día Nacional de la Legalización de la Muralla, y por fin había llegado: la fiesta más especial de la Ciudad de Ensueño. «A estas alturas todo el pueblo estará borracho», deduce observando el bullicio, imaginándose a los habitantes de la zona oeste y del este, conmemorando entre copas y alguna que otra sustancia adictiva la legalización de la muralla, aunque en realidad se reivindique más que el mundo exterior reconozca de una puta vez la Declaración de Independencia.

Sin duda, lo que más le gusta, dejando a un lado ese estúpido reconocimiento de libertades y chorradas similares, es el ambiente inaudito que se crea en fiestas como la de esta noche. Está segura de que una vez que se trasladen a la zona este verá a muchos guapetones, son tan interesantes…, tan de «Ensueño»… Pero primero necesita ver a Manuel. Quiere verlo, le apetece verlo, joder.

Enfoca la vista más allá, calculando la distancia que tendrá que recorrer para llegar al otro extremo de la calle donde Manuel y sus agrupados quedan para beber. Las farolas alumbran el desfiladero de borrachos en el que se ha convertido la parte trasera del comedor social de su barrio. A mitad de camino hacia el lugar de destino, dos jóvenes chocan entre sí y caen al suelo; no parece importarles que la acera esté sucia por los restos de Espirituosa derramada, vasos olvidados de quienes han debido de trasladarse ya a la zona de conciertos, y un buen número de colillas de Humo desperdigadas en el suelo.

Continúa en dirección hacia el lugar donde Manuel debería estar. No soporta que desaparezca. Quiere verlo. Ahora. Ya. Avanza hacia el extremo opuesto al que ellas están situadas; identifica a una compañera de clase que vomita sobre la pared amarilla del comedor social. Muestra una mueca de repugnancia.

—Una performance —dice en alto señalándola con el dedo y riéndose con mucha fuerza, sin importarle que la muchacha en apuros la oiga.

En ocasiones el ambiente festivo acaba convirtiéndose en una jornada penosa. Eso sucede porque la gente no se controla: beben Espirituosa demasiado rápido, no comprenden que hay que engañar al cuerpo, haciéndolo despacio. Están también los que añaden Humo. A esta chica ha debido de pasarle, llora desconsoladamente.

«Debería tener dignidad y controlarse, sobre todo, por un desgraciado como ese», sentencia, recordando la historia de esta chica, cuyo novio o exnovio —no se ha confirmado aún— se ha liado con otra hace poco.

Se dispone a retomar el camino, enfadada («¿Dónde coño estará?»).  Lo imagina acariciando a otra chica, como ese desgraciado; deslizando su mano entre los muslos e incitándola al gozo, besándole el cuello, sintiendo su piel suave… «¡Se va a enterar cuando lo vea!… ¿¡Dónde estará!?», continúa para sí con rabia.

—Tendría que haber venido a saludarme —masculla.

Observa por fin la esquina que Frank, Manuel, Juan y Guti ocupan habitualmente. Unos metros más adelante, divisa la entrada al bosque del área oeste. Seguidamente vuelve la vista hacia la esquina vacía: no es momento de pensar en el bosque.

—¡¿Dónde coño estarán?! —exclama sin reprimirse.

No está donde debería estar. Percibe esa rabia sutil que a veces siente, sin poder controlarse. No le gusta que no aparezca, tampoco que no le haya avisado. Marta le susurraría: «Tranquila, no ocurre nada, no te pongas así». Quiere verlo. Ahora. Marta lo justificaría: «Habrá ido al baño, cómo va a irse con otra, si te quiere muchísimo». Sí, seguro. Por eso no aparecía, como ese desgraciado con su novia, o su exnovia, o lo que fuera.

Martínez y sus agrupados la observan. Lleva un buen rato de pie, mirando a la nada. Mara gira la vista hacia ellos.

—¿Habéis visto a Frank y a los demás? —pregunta directamente a Martínez.

—¿Frank? ¿Quién es Frank?

—Ya sabes quién es —responde Mara con tono desagradable.

(«Qué tonto es este chico»). Necesita que le diga si le ha visto o no. «Si no se lo creyera tanto, sería aprovechable», lo evalúa mirándolo, «pero es un maldito chuleta que se pasea con aires de tío bueno».

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—El novio de Karmela, mi amiga —puntualiza—. No te hagas el tonto, que ya sabes quiénes son, lleváis toda la vida viniendo aquí a beber.

—Ah… —afirma el joven, haciendo un gesto de esforzarse por recordarlos. Acerca el cigarro de Humo a sus labios y le da una calada como para ayudar a refrescar la memoria—. Ah, sí…, ya me acuerdo. —Aguarda unos instantes para demostrarle que es lo suficientemente fuerte como para soportar una buena bocanada de Humo en su interior sin mostrar un ápice de rechazo fisiológico—:

—¿Estás sola?

—Anda, chaval, déjate de rollos —le corta tajante y le quita el Humo acariciándole sutilmente los dedos. Le gusta hacer ese tipo de cosas, tentarlos, averiguar hasta dónde pueden llegar, incitarlos a abandonarse a lo que ella desea, sin más miramientos que su propio placer. Sus labios sostienen el cigarrillo; le da una calada fuerte, cierra sus pestañas. Reprime el Humo en su pecho para que surta más efecto; no quiere que salga de ella, lo retiene durante el máximo tiempo posible. Le es indiferente que el muchacho la observe con descaro, quiere placer, desvanecerse de felicidad, percibir, sentirse en otra dimensión, dejarse llevar.

—Sabe tan bien… —reconoce con sensualidad.

Esa ola de mareos intensificados que la hacen virar desde el interior en todas las direcciones; esa explosión de Espirituosa y Humo que la retuerce de gozo, sin necesidad de luchar contra el paso del tiempo. Se desvanece en su quietud, deja de importarle dónde y cómo esté, los demás desaparecen, incluso lo que ellos quieren, lo que esperan de ella, lo que puedan pensar de ella. Queda solo ella misma, Mara, la «no Mara», en realidad, y se sitúa en la cúspide del no sentir, le abre las puertas internas del verdadero sentir.

A punto de caerse, sin que Martínez haga el mínimo esfuerzo por ayudarla, consigue erguirse.

—Claro que sabe bien… —repite Martínez, arrebatándole el cigarro de Humo y analizándola, como si quisiera devorar cada centímetro de su debilidad anímica.

—Bueno, a lo que iba. ¿Los habéis visto? —insiste, menos enfadada y medio riéndose. Todo se ha vuelto muy gracioso de repente.

—No me acuerdo —responde él, molesto de que le pregunte por Frank. ´

«¿Cómo se llamaba?», se pregunta, intentando recordar el nombre de Mara. «Qué más da», se responde, «está bien». No es guapa, tampoco fea; más bien, atractiva. La agarraría de su cuello largo y blanco, la impulsaría hacia arriba para memorizar el impacto de sus ojos grandes y negros al verla alcanzar el clímax al que la empujaría desde dentro, con mucha fuerza; le estrujaría las tetas para que percibiese qué es el dolor, pero no le dejaría gozarlo al máximo, hasta que no le rogase una y otra vez que por favor le dejara llegar.

—¿Cómo te llamabas? —pregunta finalmente.

«¡Qué mirada de pervertido!», piensa ella, a su vez.

—Manuel… Ya le voy a decir cómo funcionan las cosas —intenta vocalizar, retomando el camino hacia el lugar donde están sus agrupadas. Siente la boca seca. Necesita un trago de Espirituosa.

A estas alturas se ha reafirmado ya la esencia oculta de la parte trasera del comedor social, que se ha convertido en un desfiladero nocturno de borrachos: vómitos, orines, deseos que realizar y alegría desbordante, muy lejos del asfalto tranquilo que suele ser la acera de atrás del edificio donde muchos de los residentes de la zona oeste acuden para alimentarse.

Algunos compañeros de clase parecen estar hablando sobre cómo ha sido la cena a la que han ido antes de trasladarse aquí para beber. Un chico, sentado en el suelo contra la pared, esconde la cabeza entre sus piernas flexionadas, arropándolas con los brazos como si fuesen mocos tendidos. La Espirituosa lo ha derrotado a escasas horas de comenzar la fiesta: no habla ni reacciona al alboroto.

«Le habrán echado agua», piensa, observando su nuca mojada. Detiene su mirada ante él, los demás continúan comentando el menú de este año. No recuerda cómo se llamaba el muchacho, pero le pusieron un apodo que le iba muy bien. Lo observa nuevamente. «Cómo era», intenta recordar. «Cómo era…».

—¡El Borrachín! —dice en alto—.

«Este chico siempre acaba igual». Rememora cada una de las fiestas en las que sus agrupados acaban cuidándolo. «Qué mala suerte cargar con él — lamenta para sí—. ¡Eres un pesado! Aprende a mear para beber», le recrimina en silencio, omitiendo preguntar si el Borrachín ha ingerido mucha Espirituosa en poco tiempo o si quizás lo ha mezclado con Humo.

(«Manuel, dónde estás. Luego dices que soy yo la que me porto mal. Yo no te hago estas cosas. Ya te vale. Te vas a enterar. Seguro que has estado con otra y me dices que has ido al baño o que tengo que beber menos porque no me sienta bien»).

Empezaría con sus discursitos: que por qué no iba a querer estar con ella, que cómo podía pensar que había estado con otra… Le pregunta a una compañera de clase si ha visto a Frank y a los demás; le responde que precisamente hace poco que han pasado por ahí. La deja allí plantada, sin molestarse en despedirse, acelerando el paso hasta el extremo de la parte trasera del comedor social, más próximo a la plaza central de la zona oeste; Mara y sus tres compañeras eligieron ese sitio para beber Espirituosa, el lugar del desfiladero más alejado del bosque. Les asusta la oscuridad del arbolado, aunque Mara no lo comprenda: le encanta perderse entre los árboles.

— ¿Dónde estabais? —pregunta irritada, acercándose a Manuel y fijando la mirada en él—. He ido a vuestro sitio y no os he visto.

—Nos hemos juntado con unos de clase y hemos ido un rato con ellos —contesta él, restándole importancia al asunto.

—Claro. —Mara se sienta en el suelo junto a él. El simple hecho de verlo le relaja—. Le he preguntado a Martínez por vosotros y no sabía nada.

—¿Y desde cuándo Martínez se entera de algo? Con esas fumadas que se pega… —responde entre sonrisas, empujándola delicadamente hacia un lado para que ella también se ría y desaparezca esa cara de ruin que tanto la afea—. ¿Qué tal la cena? ¿Has comido mucho? —le pregunta con entusiasmo.

Quiere forzarla a olvidar, la conoce y puede imaginarse qué ha estado pensando para molestarse en recorrer toda la acera.

—No te creas —contesta Mara—. Me gustó más la del año pasado. Yo creo que han puesto menos cantidad, y los pimientos estaban asquerosos. —Y concluye, ya algo más tranquila—: Pero lo hemos pasado genial.

—Para mí ha estado muy bien, aunque sí es verdad que el año pasado pusieron más variedad. Los fritos estaban riquísimos —opina Marta, desde el otro lado del círculo.

—El que parece que no ha cenado mucho es… ¿Sabéis a quién he visto? Cómo se llamaba este chaval, joder…, ¡se me ha vuelto a olvidar! —Se ríe doblándose hacia delante con el brazo derecho sobre el estómago, intentando recordar—. A ver, ¿cómo era?… Sí, hombre, ese…, el que siempre acaba fatal, cómo era… ¡Ah, sí, el Borrachín! No sé cómo le aguantan. Y eso que acabamos de empezar. Estaba completamente perjudicado.

—Ya… En fin —interviene Karmela—, debería controlarse, y si no que se apañe, van a tener que aguantarle los demás porque no sabe beber —dice volviéndose hacia Frank, y él permanece callado, tras haber escuchado reproches continuos por no haberse acercado a darle un beso durante la cena.

—¡Qué malas sois! —les reprocha Marta, aunque Karmela ya no le escuche, continúa machacando a Frank—. Pobrecito. Yo creo que tiene un problema. Y sus amigos… me dan mucha pena. Menos mal que nosotras no tenemos a nadie así, si no…

Marta ve a Mara rellenando un vaso; tampoco parece que la estuviera escuchando, acaba de tirar lo poco que quedaba en la botella. «¡Qué torbellino es!», piensa, mientras fija la atención en su camiseta manchada. Admira la capacidad que tiene para ignorar el borrón oscuro de su ropa. Le da igual, no para de reírse, algo ha debido de fumar.

La observa repitiendo la operación. Esta vez, ha conseguido no derramar la copa. Acerca el extremo del vaso a los labios, mientras mira de reojo a Manuel; es consciente de que se deleita con ella. Ella desea provocarle, a veces parece que lo hace queriendo, como si necesitara cerciorarse de que puede doblegar sus impulsos. «No necesita hacer algo así», piensa Marta, «él la quiere muchísimo».

Mara desliza su mano izquierda hacia el extremo inferior de la falda, sosteniendo con la otra mano el vaso que acaricia suavemente sus labios, todavía con la mirada seductora hacia Manuel, que clava sus ojos en los muslos cubiertos por las medias. Los dedos largos y delicados deslizan la prenda en dirección norte, hacia la parte inferior del ombligo, pero la jugada se para a escasos centímetros de alcanzar la ropa interior.

Marta continúa observándoles: Mara cierra los ojos enrojecidos en forma ovalada, explotando al máximo el deseo de su muchacho, y haciendo destacar, con una sorprendente seguridad, lo que sabe que llama más la atención en ella, sus órganos visuales. Sus ojos son grandes, sin resultar exagerados; envuelven cada objeto con pasión deslumbradora, acentuada por pestañas gruesas y negras, que concuerdan a la perfección con su nariz estrecha y sus labios delgados y carnosos, deseosos de besar y ser besados en una fiesta como la Legalización de la Muralla.

Y a él, absolutamente maravillado, se le cae la baba con ella. «Me estás mirando las piernas», le oye decir a Mara. «Eh…, bueno, perdona, no quería», titubea él. Se la ve encantada cuando él se queda sin habla; equivale a ganar la batalla de cortarle el aliento en el momento en que le place, descentrarlo de sí mismo y obligarle a rendirse ante sus deseos.

Marta gira la vista hacia Karmela. Mara continúa con Manuel:

—No te has acercado a saludarme, eso dice mucho de ti. No te importo.

—¿Cómo no vas a importarme?

«Enzarzados en una discusión sin sentido», piensa Marta. En cuanto a Karmela y Frank, este la quiere muchísimo, y cree que Karmela a él también, aunque no podría decirlo con seguridad: a veces hace cosas que no están bien. Se pone histérica por chorradas y se pasa cuatro pueblos con él. Gira la vista hacia Sira, ella sí que es feliz, se convierte en otra persona cuando está con Guti, «Me gusta verla así», se dice. «¡Qué bonito es el amor!», piensa con un suspiro, viéndolos besarse. No han parado desde que Guti ha llegado. Mientras, Juan rebaña las últimas gotas de la botella… «Céntrate en lo tuyo, no debes distraerte», se convence una vez más. «Eres demasiado joven para atarte a nadie, ya tendrás tiempo para eso; tienes que centrarte en estudiar y sacar buenas notas, ya verás…».

Pega un pequeño salto cuando de repente escucha el sonido de los fuegos artificiales. Mara ha gritado, y se ríe ahora de su reacción exagerada. Karmela y Frank miran al horizonte. Al menos observando los fuegos artificiales Karmela se callará un rato. Sira y Guti no se inmutan. Empalaga el simple hecho de mirarlos, aunque sea bonito sentir el amor que desprenden… Se pasan el día besándose y susurrándose cosas al oído. El cielo se tiñe de colores y figuras geométricas. Quince minutos después de que el espectáculo llegue a su fin, Marta ordena: «A recogerlo todo —con dulzura, en referencia a los desechos—. Cada cosa a su sitio: las botellas de cristal a su contenedor, los vasos de plásticos al suyo y las colillas a la basura». Todos obedecen. La música folclórica suena ya en la zona de Progreso Social. Llega el momento de bailar… Bailar mucho.

Si quieres seguir leyendo el libro, te dejamos el siguiente enlace:

Colores Prohibidos: Una historia de amor en una sociedad aparentemente idílica

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“La lectura es a la mente lo que el ejercicio al cuerpo”. Joseph Addison.

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“La escritura es la pintura de la voz”. Voltaire.

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“Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Santa Teresa de Jesús.